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PI Perspective #33

Agosto de 2001     Ver PDF     En inglés

Pasado, presente y futuro de
la epidemia a sus 20 años

Junio del 2001 marcó el aniversario número 20 del primer informe oficial sobre una nueva enfermedad mortal que estaba siendo detectada entre ciertos hombres jóvenes. Todos los reportes iniciales eran sobre hombres gay que presentaban una forma severa de inmunodeficiencia que no había sido observada anteriormente. El Dr. Michael Grottieb, un inmunólogo de la Universidad de California, detectó cinco de estos casos dentro de sus pacientes y los reportó al CDC (Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos). En las semanas y meses siguientes, la enfermedad, que inicialmente se conoció como “GRID” (sigla en inglés para inmunodeficiencia relativa a hombres gay) y eventualmente se denominó SIDA, comenzó a aparecer en reportes adicionales, particularmente en los relativos a un grupo de hombres que presentaban una forma rara de cáncer conocida como Sarcoma de Kaposi. Recordar esa infeliz ocasión es cuando menos una tarea difícil, en la que se corre el riesgo de renovar los sentimientos de dolor, los recuerdos tristes o las acusaciones de atención inadecuada para unas u otras de las comunidades afectadas por la enfermedad Revisar el pasado, el presente y el futuro parece una perspectiva razonable para evaluar la epidemia, ya que cada una de estas épocas tiene su porción de calamidades y de triunfos, y tomadas en conjunto abarcan a todas las personas con VIH.

El pasado
Ninguna historia honesta sobre el SIDA podría relatarse sin primero reconocer y honrar a la generación de personas que lucharon con tanto ahínco para crear las organizaciones, las herramientas, y el apoyo científico y político que constituye ahora la base para afrontar la epidemia. Las comunidades de gays, lesbianas y personas transgénero, así como los heterosexuales que las apoyaron, deben siempre recibir el más sincero reconocimiento por su respuesta inmediata, agresiva y humanitaria a la epidemia del SIDA. Varios años antes de que el gobierno estuviera listo para aceptar el papel que le corresponde, estas comunidades se hacían cargo de los enfermos, luchaban por la obtención de tratamientos y el desarrollo de investigaciones, y efectuaban cambios en los comportamientos tanto personales como organizacionales para limitar el riesgo del SIDA. Sus esfuerzos y logros no tienen precedentes en la historia médica moderna.

Abajo, como un conmemorativo especial, Project Inform menciona los nombres de las muchas personas que han trabajo con nosotros, en forma directa o indirecta, desde 1985 para mejorar las vidas de las personas con VIH y acelerar el fin de la epidemia, y que ya han fallecido. La mayoría de ellos ya han sido honrados en números anteriores de PI Perspective, pero para muchos, ha pasado ya demasiado tiempo. Reconocemos plenamente que esta lista puede ser incompleta, y que podría renovar el dolor para algunos. También creemos que traerá alegría y orgullo para otros, especialmente para los amigos, amantes y familiares de los que se han ido. Queremos decirles a ellos que sus seres queridos no han sido olvidados y que el mundo nunca olvidará la contribución que hicieron.

Muchas de las personas de la lista trabajaron con Project Inform, bien sea como empleados, como miembros de la junta directiva o como voluntarios. Otras fueron activistas con quienes tuvimos el honor de colaborar. Muchas dejaron su marca indeleble en Project Inform y en otras organizaciones. Algunas son personas cuya labor respetamos, aunque no hayamos tenido la oportunidad de tener una colaboración directa.

Aunque nos hubiera encantado contar las historias de cada uno y decir lo que hicieron, tenemos la limitación del espacio. Baste decir que eran las personas que respondían las llamadas a la línea telefónica de ayuda, enviaban paquetes de información sobre tratamientos, llevaban a cabo labores de oficina, participaban en manifestaciones en las calles, trabajaban ad honorem en Project Inform, conseguían fondos de financiamiento, eran miembros de la junta directiva, trabajaban con nosotros en asuntos de activismo, se organizabann y hacían que los científicos cambiaran de modo de pensar, luchaban por unas políticas públicas sensatas y aprendían la ciencia del SIDA y cómo tratar con las compañías farmacéuticas. Y sobre todo, eran personas que se cuidaban entre sí y cuidaban a las comunidades de personas con VIH a quienes ellos servían.

Hoy en día, las personas que se han infectado recientemente es posible que no reconozcan estos nombres, pero deberían saber que sin los esfuerzos de ellos y de otros que vinieron antes que ellos, no existiría la infraestructura a nivel nacional para la atención al SIDA , así como la prevención y la educación sobre tratamientos. A pesar de las debilidades o fallas estructurales que puedan tener, proporcionan una base para avanzar y efectuar las debidas mejoras. Aquellos que se han ido, nos han dejado un legado que nos puede guiar a medida que la epidemia se abre paso entre otros grupos aquí y alrededor del mundo.

Si hubiese que recalcar un solo mensaje de los 20 años de experiencia pasada, es la necesidad de incrementar el poder personal y a nivel de la comunidad para responder a la enfermedad. Si bien en una época el desarrollo de este poder individual era un campo exclusivo de los hombres gay con VIH, hoy se está convirtiendo en un campo en el que actúan las mujeres, las personas de color y todos los que recientemente han sido afectados por el VIH. No existen soluciones excepto las que creemos para nosotros mismos. El tratamiento para el SIDA, el apoyo y la atención respectiva, no son puestas en bandeja para nadie. Debemos exigirlos como un derecho humano fundamental. Debemos educarnos a nosotros mismos ya que solo sabiendo tanto o más que los burócratas, podemos influenciar las políticas gubernamentales o institucionales. Debemos saber lo suficiente sobre la ciencia del SIDA como para tomar las decisiones de tratamiento adecuadas, más bien que colocar estas opciones en las manos de otras personas. Debemos conocer las limitaciones y los beneficios de los tratamientos, así como los sistemas a través de los cuales pueden obtenerse dichos tratamientos y atención médica, para poder así movilizarnos y luchar por mejores soluciones. Además, debemos tener un mejor entendimiento sobre el mundo si es que vamos a ayudar a combatir la devastación que el SIDA ha causado en los países en desarrollo.

El presente
Nada describe mejor el estado actual de la epidemia que “una labor hecha a medias”. Aunque se han logrado tantas cosas, aún no tenemos la capacidad de salvar vidas. Cuando más, los tratamientos de hoy en día y los programas de atención médica ofrecen una tregua en la lucha contra el SIDA, es decir, un período en el que el virus aún no ha desaparecido pero al menos ha sido reducido a una remisión temporal. Pero el precio de esto, tanto en términos de dólares como de calidad de vida es alto, demasiado alto. Aún es demasiado temprano para saber cuánto tiempo van a vivir la gente con los medicamentos actuales. Para algunos, es cuestión de solo un par de años antes de que los efectos secundarios de los medicamentos y la resistencia viral comienzan a sobrepasar a los beneficios. Para otros han sido casi siete años desde que la potente terapia de tres medicamentos ha estado a su disposición, cambiando el equilibrio en la batalla entre el virus y el sistema inmunológico. A los más afortunados les continúa yendo bien y experimentan solo efectos secundarios leves.

Es cada vez más claro que la mayoría de las personas no va a poder permanecer en tratamiento por el resto de sus vidas. Entre la resistencia acumulada a los medicamentos, los efectos secundarios a largo plazo y la simple fatiga debida a las exigencias de los distintos regímenes, es casi que ingenuo pretender que las personas puedan tener éxito por períodos de 20 a 50 años o más. Pero eso es lo que se requiere para que sea posible que una persona con VIH pueda tener una duración de vida normal.

Sin embargo, aun ese éxito limitado no concuerda con el éxito político. En varios estados, las personas tienen que inscribirse en largas listas de espera para tener acceso a los inhibidores de proteasa u otros de los nuevos medicamentos de alta potencia. Para empeorar las cosas, la administración actual está proponiendo una suma fija para el Ryan White Care Act y para el programa de asistencia para los medicamentos ADAP. Puesto que el número de personas que reciben estos beneficios está en aumento, una suma fija progresivamente se irá convirtiendo en una reducción de los fondos. No es ninguna sorpresa entonces, que los problemas internacionales sobre el acceso a los medicamentos y a la atención médica continúen casi que completamente sin resolver. (Vea más información sobre este problema en la sección “El futuro” de este artículo.)

En teoría, vienen en camino mejores medicamentos, pero su realidad raramente es como la anuncian las promesas anteriores a su aprobación por parte de la FDA. Aún más preocupante es que una variedad de factores económicos y sociales están haciendo que el VIH/SIDA se convierta rápidamente en un objetivo menos atractivo para la industria farmacéutica. Los activistas del SIDA pueden debatir la magnitud de este problema, o sus posibles causas, pero no la realidad de su existencia. Dos compañías, Pharmacia & Upjohn y Dupont Pharmaceuticals ya han vendido a otros sus líneas de productos para el VIH. Varias otras sigilosamente han dado fin a sus proyectos de investigación sobre el VIH después de la aprobación inicial de los inhibidores de proteasa. Otras grandes firmas han reducido sus programas de investigación y van a continuar solo con uno o dos medicamentos que ya se encuentran en desarrollo, cortando cualquier inversión en nuevos enfoques u objetivos virales. Aún otras, han cambiado sus intereses hacia el desarrollo de una vacuna. Lo más preocupante, desde el punto de vista de las compañías, es que solo unos pocos de los medicamentos aprobados recientemente han tenido éxito en el mercado. Algunos argumentan que a pesar de sus mejoras sobre las terapias actuales, los medicamentos nuevos difícilmente pueden enfrentarse a los 15 medicamentos mejor conocidos, a no ser que ofrezcan ventajas rotundas.

Una serie de compañías pequeñas están desarrollando medicamentos contra el SIDA, pero la historia ha demostrado que este tipo de compañías raramente están en capacidad de llevar un producto al mercado sin entrar en sociedad con una de las compañías grandes. Las principales firmas farmacéuticas están ahora mucho menos a favor de asumir los riesgos financieros que involucra el desarrollo de un medicamento verdaderamente nuevo, dejando que sean las compañías que comienzan (starups) quienes lo hagan. Por otro lado, ya se han agotado los capitales de riesgo dispuestos a hacer la inversión en el desarrollo de nuevos medicamentos para el SIDA por parte de estas compañías que comienzan. Aún si una nueva compañía lleva a cabo el descubrimiento de un concepto innovador, debe entrar a un acuerdo sobre licenciamiento con compañías lo suficientemente grandes como para completar la tarea de su desarrollo. Con muchas menos compañías grandes interesadas en el SIDA, los nuevos productos cada vez más irán a parar en las manos de las mismas pocas compañías que ahora poseen grandes portafolios de medicamentos para el VIH, tales como Glaxo SmithKline y Bristol-Myers Squibb.

Así pues, la situación presente (y futura) es que los medicamentos que vienen en camino en los próximos años son relativamente pocos mientras que un mayor número de ellos se están concentrando en pocas manos, lo que constituye una tendencia a todas luces peligrosa debido a muchas razones. Esto les da un mayor poder sobre la fijación de precios y produce una mayor dependencia en ellas para el desarrollo de cualquier avance en el futuro, lo que coloca al resto en una muy mala situación para negociar.

En este campo, los activistas tienen una gran labor para realizar.

El futuro
Para muchos el futuro del SIDA es visto principalmente como un asunto que atañe al mundo en desarrollo, particularmente a lugares como el África, el Caribe, India, Centro y Sudamérica, y en algunos casos , Europa del este. Los países en estos continentes poseen diferentes niveles de infraestructura médica que puedan hacer factible un tratamiento, y muy pocos si es que alguno, tienen la capacidad económica para ofrecer la atención y el tratamiento a todos quienes lo necesiten. En algunos países africanos, hay una gran incertidumbre gubernamental así como una notoria ambivalencia sobre cuál sea la mejor forma de afrontar el SIDA. Después de lograr grandes reducciones en los precios de los medicamentos, así como los derechos para producirlos independientemente, Sudáfrica sigue anunciando casi que de manera semanal que no tiene intenciones de ofrecer tratamiento contra el VIH a sus ciudadanos. Honestamente, ya no pueden echar la culpa de la situación exclusivamente a las compañías farmacéuticas. Afortunadamente, al menos algunos empleadores tienen una visión más clara que el gobierno y prevén la ruina económica que podría sobrevenir sin los tratamientos. Por lo tanto, están estableciendo relaciones contractuales que les permitan brindar tratamiento a los empleados a medida que lo vayan necesitando.

No existe una solución única para el SIDA en estos países ya que “el mundo en desarrollo” no es un solo lugar con necesidades uniformes. Cada país presenta su propia mezcla de retos y oportunidades. Sin embargo, la labor de los activistas para lograr grandes descuentos en los medicamentos y la producción genérica es un buen sitio para comenzar. Sin esta victoria, el resto del debate sería inútil, ya que la mayoría de los países involucrados invierten solo unos pocos dólares por cabeza al año en lo que a salud y atención médica se refiere. Pero aun a precios notoriamente reducidos o a los precios genéricos más baratos, el tratamiento no es viable sin la asistencia financiera de las naciones desarrolladas.

Históricamente, se sabe que solamente los medicamentos no solucionan el problema de las enfermedades infecciosas en estos países empobrecidos. Por ejemplo, tratamientos eficaces para la malaria y la tuberculosis han estado disponibles a precios razonables durante décadas en muchos países, y así y todo millones de personas todavía mueren anualmente a causa de estas enfermedades. Si hemos aprendido alguna cosa del pasado, es que para lograr adelantos en lo que a la salud pública se refiere en los países en desarrollo, se requiere de un compromiso tanto a largo plazo como a nivel mundial para poder así obtener soluciones integrales a los problemas del cuidado de la salud. Sí, se van a necesitar los medicamentos, pero también todo lo que se refiere al apoyo, al diagnóstico, al manejo de efectos secundarios, al suministro de agua pura, a la infraestructura sanitaria y a la nutrición básica. Podemos o bien retorcer nuestras manos del desespero al observar el sobrecogedor nivel de necesidades o reconocer la complejidad del problema e iniciar una colaboración a nivel mundial para afrontar el reto.

Desafortunadamente, el éxito de algunas personas que trabajan en ciertos aspectos del problema a veces tiene el efecto de provocar conflictos con otras personas trabajando en otros aspectos. Durante el último año se han ventilado grandes debates sobre si los fondos deben emplearse en tratamientos, en vacunas, en prevención o en atención médica. Cada enfoque es apoyado por una red de organizaciones no gubernamentales y académicas, muchas de las cuales no tardan en sentirse amenazadas por la atención que se le esté dando a los demás aspectos del problema.

Hasta la fecha, el activismo internacional sobre el SIDA ha tenido grandes logros, particularmente en cuanto a la reducción de los precios de los medicamentos y a la producción. Pero lo que todavía falta es un lugar u organismo donde puedan discutirse las distintas necesidades y tratarse de acuerdo al contexto del problema global. Ni las pastillas, ni las palabras de prevención, ni confrontar la pobreza o a la desnutrición exclusivamente, van a resolver el problema del VIH y el SIDA a nivel mundial. En alguna parte, de alguna manera, todas estas preocupaciones e intereses deben ir a la misma mesa de discusión, de manera que se puedan establecer las prioridades y los pasos a seguir.

La “mesa” de jugadores que se requiere para tratar eficazmente el problema del SIDA en los países en desarrollo debe incluir a las Naciones Unidas, a los líderes de las naciones más ricas, a los gobiernos y las ONGs de los países afectados, a las organizaciones de activistas interesadas e involucradas en el problema y a las agencias internacionales de alivio, así como a las fuentes más importantes de fondos provenientes del sector privado. Varios de estos grupos se han reunido por separado para discutir el problema, pero aún no se han reunido todos al mismo tiempo. Por ejemplo, los líderes de los países africanos se han reunido para hablar sobre el SIDA, así como lo han hecho los líderes de las ocho principales potencias económicas. Pero aún falta que se reúnan entre sí y lo hagan de manera continua. Hasta que se realice un foro que reúna a todos los jugadores en forma habitual, los esfuerzos para resolver el problema, que es quizás el peor problema en la historia de la humanidad, continuarán siendo fragmentados e incompletos. Ninguna reunión o congreso es suficiente para resolver el peor problema del mundo. Si el manejo de la economía mundial requiere que estos líderes se reúnan habitualmente, lo mismo debería hacer el SIDA. Si el mundo no puede encontrar los recursos y la compasión necesarios para unirse ante este problema, entonces sin duda nos espera un futuro muy oscuro. Esta es una prueba de nuestra madurez como civilización. Hasta el momento, vamos perdiendo la prueba.

Sin embargo, a pesar de la importancia que pueda tener este asunto, no sería certero sugerir que el futuro depende solamente del SIDA en las naciones en desarrollo. El VIH y el SIDA se encuentran de nuevo en aumento en las zonas urbanas de los Estados Unidos, y existen muy pocas razones para esperar que lo contrario esté sucediendo en Europa, Canadá y Australia. Nuestros propios esfuerzos de prevención y educación ya no son suficientes, de forma similar a como no lo son los medicamentos. Si fallamos en cumplir las normas de un mejoramiento continuo en cuanto a educación, atención médica e investigación se refiere, el SIDA volverá a tomar ventaja, aun en las naciones más ricas.

Un cambio importante en la manera de percibir la investigación del SIDA, el cual merce el apoyo de activistas y científicos de todas partes, es la tendencia cada vez mayor de interpretar al VIH como una enfermedad del sistema inmunológico más bien que como la búsqueda de remedios para combatir al virus. De las experiencias recientes podemos deducir que los límites de las terapias contra el VIH son muy claros, es decir, podemos casi que eliminar por completo la reproducción del virus lo que es de gran ayuda, pero no podemos eliminar al virus del todo, y además es algo que solo funciona con el uso continuo de la terapia. Saber si las personas pueden tolerar el uso continuo de estos medicamentos durante toda una vida, es otra historia distinta. Algunos investigadores opinan que mientras mayor sea el tiempo que las personas permanezcan en las terapias contra el VIH, más dependerán de ellas para controlar al virus. Una mejor estrategia puede ser la de tratar de redirigir y fortalecer la respuesta del sistema inmunológico contra el VIH, para disminuir así la dependencia en los medicamentos. Esto implica un cambio en el modo de pensar que pone un mayor énfasis en la respuesta inmunológica. Hoy en día ya se pueden apreciar las primeras etapas de este tipo de investigación con el uso de interleukina-2 (IL-2, Proleukin) y el interés en una generación nueva y más potente de vacunas terapéuticas. Sin embargo este enfoque solo lo ha adoptado un pequeño número de investigadores, mientras que la mayoría continúa dedicada única y exclusivamente a la búsqueda de nuevos medicamentos. Con seguridad, esto es algo que debe cambiar.

Similarmente, se le debe dar cada vez mayor atención al descubrimiento de una vacuna que sea verdaderamente efectiva. En los últimos años se ha logrado un gran progreso en cuanto a la recolección de fondos para la investigación sobre las vacunas y la tendencia avanza claramente en esa dirección. Pero todavía pueden encontrarse muchos obstáculos. El mayor peligro es la posibilidad de que el gran interés público, político y financiero en la vacuna vaya a apresurar el uso de un producto que no sea ni seguro ni efectivo. Una verdadera vacuna es una gran necesidad, pero debemos tener la disciplina médica para darle apoyo a una solamente cuando tenga el respaldo de una información confiable que la garantice.

Más aún, no debemos olvidar que el tratamiento y la atención médica en los países en desarrollo pueden ser en el mejor de los casos solo tan buenos como los que se ofrecen en los países desarrollados. En la actualidad y para el futuro próximo, esto no es lo ideal, ya que nuestras terapias están conformadas por complejos regímenes de tratamiento los cuales casi que con seguridad fallan con el tiempo y que requieren un costo excesivo en términos de los efectos secundarios. Así pues, mientras confrontamos las necesidades de los países más pobres, al menos una parte de la energía de los activistas y trabajadores políticos debe continuar concentrándose en el mejoramiento de los tratamientos, la atención médica y la prevención en las naciones occidentales. Debemos continuar mejorando la eficacia de nuestros descubrimientos científicos, nuestros procesos regulativos (FDA), y los esfuerzos por descubrir y desarrollar medicamentos por parte tanto de la academia como de la industria. Si fallamos en afrontar estos desafíos primero en casa, tendremos poco para ofrecer a las naciones en desarrollo. ¿Como pueden ser buenos unos tratamientos para África y Asia, si por último les fallan a quienes los usan, después de haberles añadido toxicidad y efectos secundarios a sus vidas?

Comentario
Bien sea que nuestro punto focal sea mejorar los tratamientos y la atención médica en nuestro país, o mejorar la igualdad de acceso a los medicamentos en todos los Estados Unidos, o proporcionar alivio a quienes sufren en los países en desarrollo, todos estamos trabajando por lo mismo, luchando por las mismas metas. De muchas maneras, la labor más difícil para los activistas del SIDA está aún por hacerse.

Con el espíritu de muchos de los que entregaron su energía en las batallas y activismo de los años 80 y 90, comprometámonos todos en esta primera década del milenio a una renovada lucha contra el SIDA alrededor del mundo. Esperemos que llegará el día en que alguien tenga el privilegio de escribir sobre los últimos cinco casos de SIDA vistos en este planeta. Ese día llegará solo si seguimos en la lucha hoy, cada uno a su propia manera. Para algunos esto significa expandir las fronteras de la ciencia para encontrar una cura que con seguridad algún día aparecerá. Para otros significa librar una guerra con las herramientas de salud pública que se han afinado en batallas pasadas. Para otros más, confrontar los demonios asociados con el VIH, del racismo, la pobreza, el hambre y la injusticia social dónde estos aparezcan. Si logramos hacer esto juntos, respetando cada cual el trabajo del otro, con seguridad que ninguna enfermedad—social o biológica—puede perdurar por mucho tiempo.

 
     
 

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