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PI Perspective #30

Agosto de 2000     Ver PDF     En inglés

El precio de los medicamentos, el SIDA y
los países en vías de desarrollo

A medida que la atención mundial se dirige al problema del SIDA en África y los países en vías de desarrollo, resulta evidente que es necesario cambiar las políticas existentes si se quiere que gran parte de la población infectada por el VIH tenga acceso a los tratamientos. El modelo norteamericano y europeo, que gasta de diez a veinte mil dólares anuales por persona en concepto de medicamentos y servicios de apoyo, nunca podrá funcionar en países que sólo gastan unos pocos dólares por persona anualmente para su atención médica. Considerando esto último, la atención mundial ha empezado a centrarse en la búsqueda de métodos alternativos para detener, o al menos reducir, la tasa de aumento de la mortalidad por el SIDA.

No hay soluciones fáciles. Centrar todos los esfuerzos en proporcionar los medicamentos necesarios supone una simplificación del problema. Limitarse a descargar los medicamentos en los países más pobres, no sólo no serviría para solucionar el problema, sino que muy probablemente lo empeoraría. Las soluciones eficaces deben buscar no solamente proporcionar medicamentos, sino algo mucho más importante: crear una infraestructura de atención médica capaz de suministrarlos. La solución también debe incluir la creación de grupos de educación del paciente para ayudar a usar de forma prudente y segura las distintas terapias existentes. El simple suministro de medicamentos sin el apoyo necesario de clínicas, agua potable, nutrición básica, pruebas diagnósticas, suministros médicos y educación pública sobre el uso de los medicamentos, conduciría a la rápida aparición de cepas de virus resistentes a múltiples medicamentos. Suministrar medicamentos sin una infraestructura médica dedicada a su distribución, resultaría en la pérdida de los medicamentos que acabarían por estropearse en los contenedores de los puertos o podría llevar a la formación de un mercado de venta ilegal, invitando a la corrupción pública y privada. Además, sin una infraestruc-tura médica apropiada, los pacientes pueden desarrollar efectos secundarios irreversibles, y (tal vez este sea el elemento más importante), los medicamentos administrados sin agua potable y sin una dieta básica sencillamente no funcionarían.

Aun así, asumiendo la buena voluntad y los esfuerzos internacionales, estos problemas sólo se pueden tratar con el tiempo, haciendo finalmente necesario centrar los esfuerzos en los medicamentos y el precio desorbitado que actualmente se cobra por ellos. Existen algunas iniciativas privadas encomiables como la del grupo Médicos Sin Fronteras y otros programas menos conocidos, que ya están distribuyendo medicamentos contra el SIDA en zonas que antes se pensaba que nunca se podrían alcanzar. La cuestión es ahora como se puede extender este esfuerzo y atender las necesidades de toda la población y no sólo las de porciones selectas de la misma.

Se ha hablado de métodos alternativos como que los países pobres produjesen sus propios medicamentos, negociar precios más bajos con las compañías farmacéuticas o importar los medicamentos de países que los venden a precios más bajos. La “Licencia obligatoria” es una provisión de la legislación internacional que permite a los países con una terrible crisis en su sistema sanitario obtener obligatoriamente la licencia para fabricar y distribuir ellos mismos un medicamento necesario, pagando sólo regalías mínimas al propietario de la patente. La “Importación paralela” permite a los países comprar medicamentos en otros países a los precios más bajos posibles. Normalmente, la industria farmacéutica fija los precios de los medicamentos separadamente para cada país, y un país no puede comprar medicamentos en otro país para evitar los precios locales más altos. Tanto la licencia obligatoria como la importación paralela han sido apoyadas por un amplio espectro de activistas y grupos de vigilancia pública. Un interrogante clave, sin embargo, es si estas legislaciones son suficientes para resolver el problema.

Recientemente, y como respuesta a estas preocupaciones, un pequeño consorcio de las más importantes compañías farmacéuticas anunció su intención de colaborar con las Naciones Unidas para mejorar el acceso al tratamiento. Aún se sabe poco de esta iniciativa, excepto que el programa se concentrará en colaborar con los países donde se presta atención a las cuestiones de infraestructura sanitaria y no sólo a la negociación de precios reducidos de los medicamentos. Este programa no participará en iniciativas de “desembarco” de medicamentos sin más, sino que, correctamente, buscará soluciones integrales. Aunque gran parte de la motivación tras esta iniciativa es sin duda humanitaria, es difícil no sospechar que la iniciativa no esté motivada por un aumento de la presión pública y por el desagrado de la industria farmacéutica por otras soluciones propuestas, como las licencias obligatorias y las importaciones paralelas, políticas que consideran una amenaza importante hacia sus derechos de patentes.

A pesar de que esta iniciativa de la industria se ha recibido con un apoyo cauteloso, se tienen que satisfacer unos requisitos clave para que la iniciativa proporcione soluciones eficaces y para que no se convierta en una simple maniobra de relaciones públicas. Hay al menos tres principios básicos a los que este programa se debe adherir si realmente quiere ayudar a los países en vías de desarrollo. Instamos al acuerdo internacional sobre estos principios:

1

La oferta de la industria farmacéutica de proporcionar medicamentos a precios de descuento no debe estar sujeta a condiciones. No debe obligar a los países participantes a que renuncien a su derecho a otras soluciones posibles como la lic encia obligatoria y las importaciones paralelas. Como la industria está tan preocupada por sus patentes y la protección de su propiedad intelectual, se teme que los descuentos se ofrezcan sólo a los países que estén dispuestos a jurar renunciar a las alternativas mencionadas. Tal tipo de provisión no sería ética ni moral.

Si la industria se siente realmente amenazada por las políticas de licencias obligatorias e importaciones paralelas, una forma de evitar su uso sería que ofreciera precios inferiores a los que se pueden obtener con estos dos métodos. A pesar de la evidente atracción de la producción local de medicamentos, nadie puede producir los medicamentos necesarios de forma más económica y con un mayor control de calidad que los mismos fabricantes. Las compañías farmacéuticas ya cuentan con fábricas, cadenas de producción, instalaciones para el control de la calidad y centros de envasado, lo cual ya ha sido pagado con la venta anterior de su producto. También pueden comprar materias primas a un precio inferior del que pueda obtener cualquier otra entidad. Ningún esfuerzo por parte de principiantes, bien se trate de país o de fabricante de genéricos, puede compararse a la economía de producción que ya está a disposición de los fabricantes de los medicamentos. La pregunta fundamental es si la industria farmacéutica será capaz de reducir sus beneficios al mínimo y vender los medicamentos al precio más bajo posible. Si lo hace, simultáneamente satisfará las necesidades de los países pobres y la necesidad percibida por la industria de proteger sus derechos sobre las patentes.

Si la industria insiste en su control férreo de las patentes, el precio que debe pagar es vender a los precios más bajos a las naciones en vías de desarrollo. La verdadera fuerza de las políticas de licencias obligatorias e importaciones paralelas radica en que son un importante elemento de negociación para forzar la reducción de los precios. Por este motivo, ningún país debe renunciar a su derecho a usar estos mecanismos y los activistas deben defenderlos fervientemente.

Los grandes descuentos no amenazarán la economía de las compañías farmacéuticas. El costo básico del desarrollo de medicamentos y obtención de licencias para los medicamentos contra el SIDA se cubre automáticamente con las ventas y beneficios obtenidos en los países desarrollados. La industria puede permitirse pensar solamente en la materia prima y en los costos de producción, lo cual es un costo bastante reducido. Es más, incluso si una pequeña parte del beneficio se cuenta en el precio de venta del medicamento, las compañías aún pueden ganar dinero (y tal vez mucho), a pesar de una notable reducción en los precios. La cantidad de personas necesitadas en los países en vías de desarrollo es tan alta comparada a la de los países occidentales que, solo una cantidad muy pequeña de beneficio por el precio de una unidad, si se multiplica por miles de millones de personas que necesitan la terapia, supone una rentabilidad substancial. La industria farmacéutica no se va a arruinar por el hecho de convertirse en una buena ciudadana mundial.

2

La oferta de descuentos importantes en la venta de medicamentos debe incluir las terapias más nuevas y recientes, y no sólo los medicamentos más viejos. En conjunto, las nuevas terapias son más eficaces y fáciles de usar, dos factores que incluso son más importantes en las naciones en vías de desarrollo que en América del Norte y Europa. Hasta la fecha en las ofertas de descuento sólo se han mencionado los medicamentos más antiguos como el AZT y el 3TC. A pesar de que estos medicamentos aún pueden ser útiles y se usan en combinación con los medicamentos más recientes, no son medicamentos “de vanguardia” cuando se usan por sí solos. Los programas de descuento no deben servir para descargar medicamentos más viejos y menos aconsejables en las naciones más pobres. La tentación para la industria farmacéutica es muy grande, ya que le permitiría encontrar nuevos mercados para los medicamentos cuyas ventas se han desvanecido en las naciones más ricas. La ONU y otros defensores de la iniciativa de descuento deben evitar que esto suceda. Además, los países que necesitan los mayores descuentos deben actuar rápidamente para obtener las licencias de las terapias más recientes. De lo contrario, sus propias leyes limitarán los programas a las terapias más viejas y menos eficaces.

3

El programa de descuentos debe contar con una escala de precios que se adapte a las necesidades individuales de cada país, en vez de fijar la misma tarifa de descuento para todo el mundo. Los países en vías de desarrollo difieren notablemente entre sí en cuanto a la capacidad de colaborar en el costo de los tratamientos. Sudáfrica, por poner un ejemplo, puede permitirse pagar precios más altos que otras naciones menos favorecidas desde el punto de vista económico. Los países occidentales tienden a ver todo el continente africano como una inmensa selva empobrecida, pero algunos países de África son bastante sofisticados y tienen economías relativamente fuertes y crecimiento industrial. Otros, sin embargo, están afectados por una pobreza extrema que afecta a la inmensa mayoría de la población. En definitiva, no todos pueden pagar lo mismo.

Un principio fundamental de la fijación justa de precios consiste en reconocer que, para las naciones más pobres, el único descuento eficaz es de un 100%. En otras palabras, los medicamentos se deben proporcionar gratis. Esta política ya existe en la mayoría de países occidentales, donde la industria farmacéutica ofrece sistemáticamente gratis medicamentos a las personas pobres que no tienen otros medios para acceder a una terapia. Ya se sabe que el número de personas necesitadas es mucho mayor en las naciones en vías de desarrollo, pero el principio de “medicamentos gratis para los más necesitados” está ya bien establecido. Las naciones que se encuentran en peores condiciones económicas hacen todo lo que pueden para contribuir aunque sea mínimamente a su infraestructura sanitaria, y no se les puede hacer asumir la responsabilidad, a cualquier precio, del costo de los medicamentos necesarios para combatir una epidemia. El único descuento que hará posible el tratamiento es el de un 100% del precio.

Aparte de las naciones más pobres, se deben establecer fórmulas razonables para fijar los precios. Una posibilidad es relacionar el precio de los medicamentos a la cantidad de dinero que un país puede invertir anualmente por persona para la atención médica o al porcentaje de la población que vive bajo niveles de extrema pobreza. Estas son solo sugerencias. Nadie sabe aún cuál es la mejor manera o la más apropiada de hacer esto, pero la escala de precios, sea como sea que se establezca o relacione con las condiciones económicas, debe empezar con el costo cero: medicamentos gratis para las naciones más pobres. Ningún otro punto de partida es moralmente aceptable.

Incluso con el establecimiento de los principios mencionados, proporcionar tratamiento contra el SIDA en los países en vías de desarrollo no será tarea fácil. El costo de los medicamentos es sólo una pequeña parte del problema. Otro costo importante será el desarrollo de la infraestructura médica, así como satisfacer las necesidades fundamentales de alimentos y agua potable y limpia. Los países interesados deben también, y quizás deberían hacerlo en primer lugar, montar campañas eficaces de prevención para detener el contagio del VIH, y casi sin lugar a dudas deberían empezar concentrándose en bloquear la transmisión de madre a hijo. El tratamiento sin prevención simplemente creará un ciclo infinito de dolor, sufrimiento y gastos.

Los programas recientemente propuestos para tratar el problema del SIDA en los países en vías de desarrollo son sólo el principio. Se tardará décadas en proporcionar atención médica propia del siglo XXI en todos los rincones del planeta. El SIDA no es de ninguna manera el único problema médico que tienen las naciones pobres y debe competir con otras prioridades nacionales. Una estrategia verdaderamente eficaz y global sobre el SIDA debe empezar con una reunión de Jefes de Estado. El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, ha declarado que la epidemia del SIDA en las naciones en vías de desarrollo se trata de un asunto urgente para la seguridad nacional estado unidense. Si creemos esta afirmación, significa que él y el resto de jefes de estado occidentales deben empezar a tratar el problema como tal. De igual modo que se reunieron para discutir la intervención en Bosnia o para iniciar la guerra contra Irak, ahora deben reunirse para diseñar estrategias contra esta amenaza en el ámbito nacional e internacional. Deben empezar a negociar y a planificar acciones con los jefes de estado de las naciones afectadas, además de con los representantes de grupos comunitarios de esos países. También deben empezar a modificar sus pensamientos en dólares. Los esfuerzos actuales se limitan a la inversión dispersa de unos pocos cientos de millones de dólares adicionales; pocos, si se considera que esta cantidad viene de un país que gasta aproximadamente mil quinientos millones de dólares cada vez que envía al espacio un transbordador espacial en viaje de suministro.

Comentario
La industria farmacéutica puede y debe hacerse que contribuya a la lucha contra el SIDA, pero seríamos muy inocentes si creyéramos que sólo con bajar los precios de los medicamentos se solucionará el problema. Culpar sólo a la industria por el problema es cómodo, pero es una solución falsa. Es necesaria una enorme inversión adicional proveniente de los países desarrollados y de importantes fundaciones privadas internacionales, además de la colaboración constante y libre de corrupción de los países necesitados de ayuda. La lista de culpables por haber dejado que las cosas hayan llegado hasta tal nivel de deterioro es larga. El SIDA es un problema mundial y, hasta que no empecemos a tratarlo como tal, no se producirá una evolución positiva.

 
     
 

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